
X: @DayFleurs
ORCID: https://orcid.org/0000-0003-2664-3285
jaruny.floresr@gmail.com
El 5 de julio de 2026, México quedó eliminado del Mundial que organizó junto con Estados Unidos y Canadá. La selección perdió 3-2 frente a Inglaterra en los octavos de final, después de un partido que concentró la atención de millones de personas y convirtió al futbol en el centro de la conversación nacional. Hubo frustración, tristeza y enojo. Sin embargo, mientras el análisis deportivo se concentraba en los errores defensivos, las decisiones arbitrales y el futuro del entrenador y los jugadores, otro dato comenzó a dibujar un marcador mucho más preocupante: el aumento de las llamadas de auxilio por violencia familiar registrado en la Ciudad de México (CDMX) después del encuentro (El Sol de México, 2026).
De acuerdo con información presentada por el coordinador general del C5 capitalino, Salvador Guerrero Chiprés, el domingo 5 de julio se recibieron 166 llamadas relacionadas con violencia familiar en la CDMX. Al día siguiente, la cifra ascendió a 225. En conjunto, durante las dos jornadas se registraron 391 comunicaciones de emergencia por este motivo. Esto representa un incremento de aproximadamente 35.5% entre el día del partido y la jornada posterior. Además, el número superó lo observado durante los primeros encuentros de México en el torneo (Gobierno de la Ciudad de México, 2026).
Si bien una llamada al 911 no equivale automáticamente a una denuncia penal, a la apertura de una carpeta de investigación ni a la acreditación judicial de un delito, ello no le resta valor como indicador de riesgo. El Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (2026) precisa que estos registros corresponden a probables incidentes reportados a las autoridades y, por tanto, no deben confundirse con las estadísticas de incidencia delictiva. Sin embargo, esta precisión no autoriza a desestimar las llamadas ni a asumir que los episodios reportados no ocurrieron.
¿Esto significa que la eliminación de México “provocó” la violencia? No. El futbol por sí mismo, como cualquier otro deporte, no transforma repentinamente a una persona pacífica en agresora ni puede utilizarse como justificación de una conducta violenta. La responsabilidad recae siempre en quien agrede. Atribuir la violencia a la derrota deportiva es sumamente reduccionista, porque desplazaría la atención del agresor hacia factores externos como el consumo de alcohol, la frustración, el enojo o la supuesta pérdida de control. Ninguna de estas circunstancias anula la decisión de intimidar, insultar, golpear, amenazar o ejercer control sobre otra persona. La derrota puede funcionar como detonante o contexto de intensificación, pero nunca como causa exculpatoria ni como atenuante de dicha responsabilidad.
Lo que sí puede sostenerse es que determinados sucesos deportivos funcionan como factores detonantes o amplificadores de violencias que ya existen. La intensidad emocional, el consumo excesivo de alcohol, la convivencia prolongada, las apuestas, las tensiones económicas y las formas agresivas de expresar la masculinidad pueden aumentar el riesgo dentro de hogares en los que previamente había relaciones de control o abuso. Por ello, UNICEF México lanzó antes del Mundial una campaña específica de prevención y advirtió que los riesgos podían extenderse entre diez y doce horas después del inicio de los partidos. Su mensaje central fue claro: el futbol no origina la violencia familiar, pero ciertas condiciones asociadas con el espectáculo pueden intensificarla (UNICEF, 2026).
La evidencia internacional muestra que los grandes acontecimientos deportivos pueden representar periodos de riesgo específico para las mujeres, quienes constituyen la mayoría de las víctimas de violencia ejercida por sus parejas, exparejas o familiares. Kirby, Francis y O’Flaherty (2014), al analizar partidos de Inglaterra en tres mundiales, encontraron que los reportes de violencia doméstica aumentaban 26% cuando la selección ganaba o empataba y 38% cuando perdía. Card y Dahl (2011), por su parte, identificaron incrementos en la violencia familiar después de derrotas inesperadas en partidos de futbol americano, particularmente cuando los resultados generaban una frustración mayor de la prevista. Una revisión sistemática posterior confirmó que los grandes acontecimientos deportivos pueden intensificar el riesgo de violencia contra las mujeres y, por ello, se requiere trabajar en medidas preventivas específicas, aunque advierten que los mecanismos son complejos y que no todos los contextos producen los mismos efectos (Forsdike et al., 2022).
El verdadero problema, por tanto, no comienza con el silbatazo inicial ni termina cuando el equipo es eliminado. Se encuentra en una estructura social en la que la violencia contra las mujeres forma parte de la vida cotidiana. La Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) de 2021 estimó que 70.1% de las mujeres mexicanas de quince años o más había experimentado al menos una situación de violencia a lo largo de su vida. En el ámbito de la pareja, la proporción alcanzó 39.9%. En la CDMX, la prevalencia acumulada de violencia contra las mujeres fue incluso superior al promedio nacional (INEGI, 2022). Por lo que el Mundial no creó esta violencia, más bien actuó como amplificador de una realidad estructural, sistemáticamente confinada al ámbito privado, minimizada por las instituciones y normalizada por una sociedad que todavía tolera que la frustración masculina se descargue sobre las mujeres.
En México, como en el resto del mundo pero con sus matices, el futbol masculino continúa siendo un espacio privilegiado para representar una identidad nacional construida alrededor de la competencia, la resistencia y la obligación de demostrar fortaleza. En este ámbito, a los hombres se les permite gritar, insultar, golpear objetos y presentar la agresividad como una reacción “natural” ante la victoria y, sobre todo, ante la derrota. Expresiones como “así se vive el futbol”, “es la pasión del futbol” o “solo me dejé llevar por la emoción” no describen comportamientos inevitables, operan como mecanismos de legitimación que convierten la intimidación, la agresividad y la supuesta pérdida de control en manifestaciones socialmente aceptadas de pasión deportiva.
Esta tolerancia no permanece confinada al estadio o a la pantalla, sino que puede trasladarse del espacio público al ámbito privado, donde mujeres, niñas, niños y otros integrantes de la familia se convierten en receptores de una frustración cuya expresión violenta ha sido socialmente permitida. El problema, por tanto, no radica únicamente en que algunos hombres reaccionen de manera agresiva después de un partido, sino en la existencia de un entorno que naturaliza estas conductas, las interpreta como desahogos pasajeros y termina atenuando la responsabilidad de quien agrede. La llamada “pasión del futbol” no explica la violencia, por el contrario, con demasiada frecuencia sirve para encubrirla, justificarla y preservar los privilegios de una masculinidad que exige comprender al agresor antes que escuchar y proteger a las víctimas.
Además, la normalización de la violencia no se limita a los hogares ni a las aficiones, también atraviesa a las instituciones futbolísticas. Mientras proclaman compromisos con la igualdad y los derechos humanos, algunas selecciones convocan, alinean y presentan como representantes nacionales a jugadores que enfrentan acusaciones graves de violencia sexual o doméstica. No se trata de una contradicción menor, sino de la misma estructura que deslegitima la palabra de las mujeres, protege el prestigio masculino y convierte el talento deportivo en una forma de inmunidad social.
El caso más contundente del torneo fue Thomas Partey. Ghana lo incluyó en su plantilla cuando enfrentaba siete cargos de violación y uno de agresión sexual en Reino Unido. El jugador se declaró no culpable y su juicio quedó programado para noviembre de 2026. Canadá le negó la entrada al país, por lo que no disputó el primer partido de Ghana en Toronto, sin embargo, pudo incorporarse a los encuentros celebrados en Estados Unidos y fue alineado posteriormente por su selección. La federación ghanesa no optó por una suspensión cautelar ni por una evaluación independiente, privilegió su utilidad futbolística. Incluso el gobierno de Ghana protestó por la negativa canadiense, transformando la imposibilidad de convocar a un acusado en un agravio contra la selección y no en una oportunidad para discutir la responsabilidad institucional (Associated Press, 2026; FIFA, 2026b; Reuters, 2026).
Achraf Hakimi es otro ejemplo. Marruecos no solo lo convocó, lo mantuvo como capitán. Durante la propia competencia, una corte francesa confirmó que debía enfrentar un juicio por una acusación de violación relacionada con hechos denunciados en 2023. Hakimi ha negado la acusación y anunció que recurriría la decisión. Aun así, la respuesta de su entorno deportivo fue cerrar filas. Integrantes de la selección expresaron públicamente su apoyo y el equipo continuó presentándolo como referente moral y deportivo. La cuestión no es exigir que un entrenador determine culpabilidades penales, sino preguntar por qué la única respuesta imaginable fue la continuidad sin condiciones. Entre condenar anticipadamente y actuar como si nada ocurriera existe un amplio campo de medidas responsables: apartamiento temporal, evaluación externa, protocolos de conducta, entre otras opciones de jugadores (FIFA, 2026c; Reuters, 2026).
En estos casos, la consigna de “separar al artista de la persona” sirve para justificar que la conducta privada del jugador no guarda relación con su desempeño en la cancha. Bhattacharjee, Berman y Reed (2013) denominan a este mecanismo desacoplamiento moral, separar el juicio sobre la actuación de una persona del juicio sobre su conducta para seguir consumiendo, celebrando o premiando su trabajo sin experimentar una contradicción insoportable. Sin embargo, esa supuesta separación es artificial: quien integra una selección no solo presta un servicio deportivo, también recibe legitimidad pública, encarna símbolos nacionales y ocupa una posición de influencia. Al aislar el espectáculo de las relaciones de poder que lo rodean, aficionados e instituciones evitan asumir los costos éticos de su respaldo. Así, el futbol se presenta como un territorio ajeno a toda responsabilidad, aunque sus figuras, discursos y decisiones contribuyen de manera directa a definir qué masculinidades se premian, cuáles conductas se toleran y qué violencias se vuelven socialmente aceptables.
Precisamente porque el futbol contribuye a legitimar determinadas masculinidades y a normalizar ciertas conductas, la respuesta no puede limitarse a recomendar que las mujeres “se cuiden” durante los partidos. Esa fórmula vuelve a colocar la responsabilidad sobre quienes están en riesgo, en lugar de dirigirla hacia los potenciales agresores y las condiciones institucionales que permiten y reproducen la violencia. Autoridades, federaciones, medios, patrocinadores y organizadores de espacios públicos deben asumir que los encuentros de alta intensidad requieren protocolos específicos: reforzar las líneas de emergencia y los refugios durante las horas posteriores a los partidos, garantizar transporte seguro, capacitar a la policía con perspectiva de género y habilitar mecanismos discretos para solicitar ayuda. Asimismo, es indispensable publicar información desagregada por horario, territorio, tipo de incidente y respuesta institucional ya que las llamadas no deben reducirse a una cifra llamativa, sino convertirse en insumos para diseñar políticas preventivas y evaluar su eficacia (UNICEF, 2026).
La Federación Mexicana de Futbol y sus patrocinadores tampoco pueden delegar esta responsabilidad por completo al Estado. Si se benefician económica y simbólicamente de la identificación de millones de personas con la selección, también deben intervenir frente a los riesgos asociados con el espectáculo que promueven. Esto implica desarrollar campañas permanentes —no solo decorativas—, trabajar con organizaciones especializadas y utilizar la voz de los jugadores para cuestionar la idea de que la agresividad constituye una expresión legítima de pasión o masculinidad. Como han señalado ONU Mujeres y la UNESCO, las instituciones deportivas deben asumir responsabilidades de prevención, denuncia y rendición de cuentas frente a la violencia contra mujeres y niñas. Las 391 llamadas registradas en la CDMX tras la derrota de México no prueban por sí solas que dicha eliminación causó cada episodio, pero sí revelan una advertencia imposible de ignorar: mientras el país discutía quién debía abandonar la selección, cientos de mujeres buscaron ayuda por situaciones de violencia. El marcador más grave no fue el 3-2 frente a Inglaterra, sino la cantidad de hogares en los que la frustración se convirtió en amenaza de vida. La pasión deportiva puede explicar una emoción, pero jamás absolver ningún tipo de agresión.
Referencias
Associated Press. (2026, 12 de junio). Visa denial sidelines Thomas Partey for Ghana’s World Cup opener against Panama in Toronto. AP News. https://apnews.com/article/world-cup-ghana-canada-partey-ef6e87e92cc36c82140d9c150933944f
Bhattacharjee, A., Berman, J. Z., & Reed, A., II. (2013). Tip of the hat, wag of the finger: How moral decoupling enables consumers to admire and admonish. Journal of Consumer Research, 39(6), 1167–1184. doi:10.1086/667786.
Card, D., y Dahl, G. B. (2011). Family violence and football: The effect of unexpected emotional cues on violent behavior. The Quarterly Journal of Economics, 126(1), 103–143. doi:10.1093/qje/qjq024.
El Sol de México. (2026, 13 de julio). Aumentan llamadas por violencia familiar tras la eliminación de México del Mundial. https://oem.com.mx/elsoldemexico/metropoli/se-duplica-violencia-familiar-tras-derrota-de-la-seleccion-mexicana-31105862
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Fédération Internationale de Football Association. (2026b, 25 de mayo). Kudus misses out as Queiroz names Ghana squad. FIFA. https://www.fifa.com/en/tournaments/mens/worldcup/articles/ghana-squad-world-cup-2026-carlos-queiroz
Fédération Internationale de Football Association. (2026c, 26 de mayo). Morocco squad announcement. FIFA. https://www.fifa.com/en/tournaments/mens/worldcup/canadamexicousa2026/articles/morocco-squad-announcement-mohamed-ouahbi
Forsdike, K., O’Sullivan, G., y Hooker, L. (2022). Major sports events and domestic violence: A systematic review. Health & Social Care in the Community, 30(6), e3670–e3685. doi:10.1111/hsc.14028.
Gobierno de la Ciudad de México. (2026, 13 de julio). Informe sobre llamadas de emergencia por violencia familiar durante el Mundial de 2026.
Instituto Nacional de Estadística y Geografía. (2022). Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2021: Principales resultados. INEGI. (INEGI)
Kirby, S., Francis, B., y O’Flaherty, R. (2014). Can the FIFA World Cup football tournament be associated with an increase in domestic abuse? Journal of Research in Crime and Delinquency, 51(3), 259–276. doi:10.1177/0022427813494843.
Reuters. (2026, 19 de junio). Morocco and PSG player Hakimi to stand trial on rape charge. https://www.reuters.com/world/morocco-psg-player-hakimi-stand-trial-rape-charge-2026-06-19/
Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública. (2026). Información sobre violencia contra las mujeres: Incidencia delictiva y llamadas de emergencia 911. Gobierno de México.
UNICEF México. (2026, 17 de junio). En equipo contra la violencia familiar durante el Mundial. UNICEF. https://www.unicef.org/mexico/equipo-contra-la-violencia-familiar
United Nations Entity for Gender Equality and the Empowerment of Women, & United Nations Educational, Scientific and Cultural Organization. (2023). Tackling violence against women and girls in sport: A handbook for policy makers and sports practitioners. UN Women & UNESCO. https://www.unwomen.org/en/digital-library/publications/2023/07/tackling-violence-against-women-and-girls-in-sport-a-handbook-for-policy-makers-and-sports-practitioners
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