Feminismo anti-capitalista

Por Ana Gaitán Uribe, @AnaGaitanU

Estaba en una prolongada crisis profesional/existencial. Claramente, no estaba haciendo las cosas bien. No sabía “escoger mis batallas”. Desde mi primer trabajo denuncié al director del Instituto Nacional de Ciencias Penales por acoso sexual, perdiendo esa recomendación para futuros trabajos. Renuncié en la Suprema Corte de Justicia ante nuevos indicios de malos tratos, a pesar de que perdería un puesto directivo que me aseguraría una vida de estabilidad económica y ascenso laboral. Sentía que tenía que hablar sobre el respeto a mi horario laboral con la titular de la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres, con el consecuente hostigamiento laboral en plena pandemia.

Mi autonombrada labor parecía ser ir quemando puentes y contactos profesionales (¿y qué es este mundo laboral, si no un mundo de contactos?). La gente que me quería me veía con preocupación. Mi idealismo (porque sólo puede ser idealismo esperar que esas situaciones cambien) me hacía perder una visión más estratégica. Mi no-conformismo se equiparaba con ser reactiva e impulsiva. Cuando en vez de engranarte al sistema, lo confrontas –especialmente si eres mujer/minoría y lo haces apasionadamente–, terminas desempleada y tachada como problemática. Te vuelves un riesgo demasiado alto, impredecible o volátil para futuros empleadores.

Al no querer pecar de soberbia o arrogancia, comencé a cuestionarme si yo era el problema. Si me hacía falta inteligencia emocional. Desagregué a la Ana con la espada siempre desenfundada, a la defensiva, que tomaba malas decisiones. Pero, aún en la introspección, seguí considerando que lo que hice fue lo correcto. Entonces, empecé a buscar respuestas en otras personas, especialmente en aquéllas que lograban simultáneamente combatir los abusos de poder y vicios del sistema mientras crecían en sus trabajos.

Estaba atenta a cualquier oportunidad para escuchar nuevas perspectivas. Apareció una invitación en mi correo para asistir a un foro virtual de mujeres en puestos de liderazgo. Casos de éxito de mujeres: socias en importantes despachos corporativos, CEO’s en AirBnB y Google, directoras en el sector público. Me registré. Empezó el foro y yo hacía una escucha activa, sin sesgos ni predisposiciones. Por las siguientes dos horas, todas las ponentes, de una manera u otra, dieron el mismo discurso motivacional de cómo ser exitosa. La receta para convertirnos en mujeres empoderadas, líderes en el campo que deseáramos. Personas no sólo con ambición, sino que materializan sus sueños. ¿El secreto? Todo recae en la autodisciplina, constancia y esfuerzo. En ser diligente, buena trabajadora; en quedarte tarde para hacerte notar; en llevar una buena relación con todes, pero en especial con tu jefx.

Mi esperanza desapareció. ¿Por qué continuamos utilizando el discurso de la meritocracia como camino para el “éxito”? Ojalá –sino en todos– en la mayoría de los casos nuestros esfuerzos y competencias nos llevaran a conseguir nuestros objetivos. Pero esta recurrente narrativa está convenientemente centrada en un mundo del ‘deber ser’, en vez de en dar herramientas útiles para lo que ‘es’. Es una respuesta casi automatizada, tan alejada de la realidad, que parece una maquiavélica herramienta publicitaria para que los que están abajo no se desmotiven y se mantengan trabajando arduamente, mientras los que están arriba continúan preservando su status quo. Un discurso que facilita que los muchos sobreexplotados crean que sólo es una cuestión de tiempo y de “aguantar” para que llegue su oportunidad. Discursos –bienintencionados o no– que continúan promoviendo un sistema al que no cuestionan.

Así, las mujeres del foro no iban a hablar sobre cómo, por mera lotería natural, probablemente nacieron en un contexto socioeconómico que les permitió estudiar en una escuela estadounidense con la categoría de “Ivy League”, lo cual a su vez les facilitó de ese día en adelante un mundo de oportunidades laborales que muchas otras personas no tendrán. No mencionaron cómo las personas que en su mayoría alcanzan esos puestos no son más inteligentes, capaces o comprometidas, sino que les tocó estar del lado ganador. Sobre cómo una vez que llegaste a ese nicho de poder, todo es exponencialmente más fácil. Y viceversa, obviaron las muy reales imposibilidades de movilidad social cuando careces de ese estatus, clase y oportunidades. Y, por lo tanto, olvidaron que los consejos verdaderamente útiles debían atender, precisamente, los obstáculos de ese amplio grupo poblacional.

¿Y por qué tenemos miedo de decir las cosas como son? Si realmente quisiéramos hacer asequibles puestos de poder no sólo para las mujeres, sino para las personas en general, empezaríamos admitiendo –e interiorizando– todas las maneras en las que el modelo en el que vivimos fomenta una cultura de disparidad social y económica. Y que mientras nuestras prioridades se encuentren en la adquisición de poder y dinero, nunca va a ser nuestra intención que esa realidad sea accesible para el grosso de la población. Hablar claramente del problema, por más desalentador que sea el mensaje, mostraría una genuina intención por cambiar las cosas.

Pero no era un foro dirigido a hablar de los males del capitalismo y del individualismo. Y yo no espero que todas las mujeres, sólo por estar en puestos de poder, se vuelvan activistas sociales que combatan las desigualdades socioeconómicas desde sus respectivas trincheras. Por el contrario, entiendo que la mayoría de las personas han escuchado tanto este poco convincente discurso anti-capitalista, que caerá en oídos sordos, sin que seamos capaces de admitir(nos) cómo ha condicionado todas nuestras prioridades y permeado en todas nuestras actitudes y prácticas, sociales y laborales.

¿Saben una de las formas en las que podemos notarlo? En la falta de satisfacción que sentimos con nuestros trabajos. Y siendo más específica, en el desgaste de las personas que optaron por trabajar en temas sociales o de derechos humanos y que tendrán muy pocos espacios en donde puedan aspirar a siquiera incidir. El sector privado tenderá a delegarle al gobierno la responsabilidad de cambiar, por ejemplo, prácticas laborales abusivas, anti-éticas, discriminatorias (al final del día, es al que le compete, ¿no?). Dentro del sistema, la ventana de oportunidad parecerá provenir del trabajo en gobierno, en cualquiera de sus tres poderes. Pero no en cualquier lugar del gobierno. Incluso ahí, el filtro se reducirá a tener la oportunidad de trabajar con algún selecto nicho de personas que consiguieron puestos directivos en dependencias de gobierno diseñadas específicamente para combatir problemáticas sociales y velar por los derechos de las personas. Apostar por trabajar con personas cuyo perfil de puesto inequívocamente debería conllevar que les importe incidir en los problemas de justicia social que nos acechan.

En esos espacios, lamentablemente, se volverá particularmente palpable la manera en la que nos ha moldeado el sistema. Un sistema socioeconómico que nos demuestra desde niñes cómo la vida es tanto más fácil con privilegios que tan pocos obtendrán (por más que parezca un sueño alcanzable para la mayoría). Mensajes culturales, replicados en películas e inculcados por nuestras personas más cercanas, de cómo nos sentiremos realizadas personal y profesionalmente cuando seamos “exitosas” –con un éxito que, además, nos aseguran sólo logra la gente competente y que se esfuerza–; cómo seremos “felices” cuando alcancemos la estabilidad, seguridad y oportunidades que nuestro posicionamiento en los escalones altos de la pirámide nos garantizan (y entre más alto, mejor). Un sistema que nos enseña el miedo que debemos de sentir por las correlacionadas adversidades a las que nos enfrentaremos sin ese poder, dinero y/o estatus; que todos los días nos expone (lo queramos ver o no) cómo aplasta a las personas que carecen de éstos. En ese sistema, incluso los y las titulares de esas dependencias de gobierno, tenderán a estar mucho más interesadas en lograr entrar en el juego de poder que en tener esos puestos para cambiar el sistema.

Y las mujeres no seremos la excepción a la regla. Porque las mujeres tampoco somos inmunes del sistema económico, social, cultural e institucional en el que vivimos. También moldea nuestras aspiraciones y prioridades. Pero de eso no hablamos. No hablamos de cómo, incluso cuando las mujeres estamos alcanzando cada vez más puestos directivos (y todavía no suficientes), nuestras ya limitadas posibilidades se reducen aún más si no cumplimos con un perfil específico, acorde al sistema y nunca anti-sistema. El perfil de personas que deben sentirse agradecidas y leales por la oportunidad de pertenecer a ese grupo de poder (y siendo mujer, ¡lo extra afortunada que debes de sentirte de que esa anormalidad se te presentara a ti!). Personas que saben que cuestionar al sistema implica arriesgar esa posición. Es decir, arriesgar tu crecimiento personal, profesional y económico. Sacrificar todas las ventajas que se presentan bajo su resguardo; los contactos, el respeto, las facilidades. Personas que estarán siempre atentas a cómo complacer a quien está arriba de ellas porque conocen el sistema y saben que esa es la manera de seguir ascendiendo.

Mi experiencia profesional (unida a las anécdotas de otras muchas personas) ha sido encontrarme principalmente con mujeres en puestos directivos altos que llegaron ahí porque, como tantas otras personas, o bien, dejaron pasar situaciones que no debieron de pasar, o tenían la misma obsesión con el poder y las mismas malas prácticas que tantos otros hombres que llegaron a esos puestos. No pretendo juzgar con mayor severidad a las mujeres por querer pertenecer al lado ganador en un mundo con una desigualdad estructural tan grande que tan pocos cuentan con los recursos necesarios para una calidad de vida digna. Un mundo en donde deseamos aspirar a ese poder para poder determinar las reglas del juego y nunca tener que –volver a– ser las que estemos supeditada a algo o al control de alguien más.  De nuevo, las mujeres no dejamos de ser parte de este sistema. En palabras de Chimamanda Ngozi Adichie:

En ocasiones, en este discurso en torno al género, se da por hecho que las mujeres se suponen moralmente <<mejores>> que los hombres. No lo son. Las mujeres son igual de humanas que los hombres. La bondad femenina es tan corriente como la maldad femenina.[1]

Pero sí me encantaría que empezáramos a admitir, mujeres incluidas, que una de las lecciones que tenemos que poder identificar inmediatamente cuando estamos con los que ostentan el poder, es que la mayoría de los y las que estamos ahí alcanzamos esa posición por conexiones laborales, sociales, e incluso, familiares; por nuestra pertenencia en el círculo de confianza de una persona con poder; por seguir las reglas del juego. Y que el discurso de la meritocracia es una falacia que encubre la perseverante predominancia de la aristocracia y el clasismo en los espacios profesionales; que niega lo hambrientos y hambrientas que nos han moldeado a estar por llegar al poder, sin importar las consecuencias o a quién o qué nos llevamos por detrás.

Por eso, no me interesan los discursos carentes de contenido que te explican cómo ascender siendo más diligente. Quiero verdaderos análisis críticos y cuestionamientos sobre los desbalances de poder en donde empecemos por admitir las maneras en las que alcanzamos los puestos que tenemos, logramos mantenerlos y avanzar. Que reconozcan cómo el sistema está diseñado para que las que lo alcancemos lo hagamos sólo a través de un mismo camino que replique las mismas conductas organizacionales tóxicas. Y así, no me interesa tampoco conocer mujeres en puestos directivos que replican esas prácticas y anti-valores, sin ningún genuino interés por encontrar maneras de cambiarlo. Una frase de Cheris Kramarae que he leído varias veces y se me quedó grabada, dice:

entiendo que muchas mujeres hoy en día trabajan por obtener una mayor tajada de la torta, pero yo no lo voy a hacer […] porque prefiero trabajar para cambiar la receta.

Ansío escuchar más ejemplos de casos de éxito de mujeres, y hombres, que logran no sólo permanecer sino ascender en sus puestos, confrontando culturas organizacionales y modelos de trabajo; personas que quieren cambiar la receta. Cuando le hablé a mi mamá de la profunda ansiedad que me invadía analizando mis opciones laborales, y la manera más macro en la que funcionaban las cosas, me veía con genuina empatía, pero también con cierta incomodidad de que hablara con esa desmotivación y tristeza. Quería alentarme a tener más perspectiva, a perder la negatividad, a no generalizar. Después de leer el primer borrador de este artículo, me dijo: “te entiendo, pero no todas las mujeres en puestos altos son así”. Me reafirmó –reafirmándose más a ella misma–, que existen muchas mujeres muy comprometidas, éticas, peleando por todas y todos desde adentro del sistema.

A todas ellas, siempre les voy a responder: ¡qué bueno! Ojalá cada vez existan más. Ojalá sólo sea que yo, y muchas como yo, no hemos tenido la fortuna de trabajar con y por debajo de ustedes. Hace menos de 10 años nos hacían creer que los éxitos profesionales de una mujer tenían que ser vistos por otras con motivo de envidia y competencia. Como si sus ganancias representaran pérdidas directas para el resto de nosotras; una silla menos a ocupar en una mesa selecta. No puedo enfatizar con mayor convicción lo afortunadas que somos de estar deconstruyendo nuestro sexismo y reforzando nuestro amor propio e identidad para que cada vez con mayor frecuencia nos emocionen los éxitos de otras mujeres. Los celebramos como propios porque sus logros no sólo no son nuestras pérdidas, sino que hacen más asequibles nuevas posibilidades para todas nosotras. Sonreímos con admiración y orgullo por mujeres fuertes, que sobrepasan las adversidades para convertirse en juezas, directivas, presidentas, precisamente porque entendemos el sacrificio que implica, y porque las mujeres continuamos estando desproporcionalmente sub-representadas en puestos de liderazgo.

Así que las necesitamos. Yo las necesito para que mi mal llamado idealismo no se constriña sólo a artículos de concientización social, sin ningún verdadero peso para cambiar el status quo. Me está sofocando la falta de personas que alzan la voz; que actúan con congruencia, pasión, e incluso, con dolor. Asumimos erróneamente que las personas que utilizan como motor sus sentimientos están siendo irracionales, han perdido la objetividad y el control de sus emociones. Yo, en cambio, necesito a más personas, y más mujeres, a las que les indignen las cosas. A las que les importen lo suficiente precisamente porque son sensibles de la realidad que vivimos; porque analizaron y racionalizaron adecuadamente las problemáticas a las que nos enfrentamos y les preocupan. Les preocupan tanto que esa preocupación, frustración y dolor les sirve de motivación para seguir luchando.

Necesito que se me siembre la esperanza de que somos más las que, una vez que tenemos la plataforma, utilizamos el poder para involucrarnos en la construcción de transformaciones sociales (con todos los costos que representa ir contra el sistema) que aquéllas que sólo buscan su tajada de la torta. Mujeres que pueden hablar alto, ser categóricas, expresarse con un tono autoritario, confrontar situaciones, y aún así avanzar. Personas que entienden que cuando escribes enojada, desesperanzada, es porque tiene sentido estarlo. Nos hace falta sacudirnos. Cuestionarnos de una manera mucho más profunda acerca de la sociedad que hemos ido construyendo y continuamos preservando. El problema no somos las personas que vivimos insatisfechas con el sistema, buscando maneras de cambiarlo. El problema es que cada vez nos estamos convirtiendo en personas más inconscientes, menos empáticas y sensibles, más capitalistas.


[1]           Querida Ijeawele: Cómo educar en el feminismo, epublibre, 2 de septiembre de 2017, Decimocuarta Sugerencia, p. 43.

2 respuestas a “Feminismo anti-capitalista”

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