¿Qué hacemos con la política?

Melissa González Caamal @MelissaCaamal

Las campañas electorales acentúan nuestro desprecio por la política. Mientras que los partidos políticos esperan ser salvados en unos meses por la publicidad, la negligencia en el metro se combina con las formas predecibles de incrementar el dolor —que las hay en los homicidios, las personas desaparecidas, los feminicidios; en las víctimas de todos los días—. La corrupción mata, la (mala) política mata.

Asociamos la política con algo malo o poco digno. Una de las raíces ideológicas que sostenía la unión de la iglesia y el Estado era que la política por sí sola era vista como algo pagano, de herejes; parece que necesita de un halo de divinidad para dignificarse. Los contractualistas como Hobbes reconocen que el Estado es una forma de organización artificial, una creación humana. Si bien desnudar las estructuras de poder dificulta —aunque sea un poco más— gobernar con la legitimidad de unos cuantos; ahora las negociaciones, rupturas y consensos que involucran el organizarnos en sociedad dependen del vil actuar humano.

No hay punto medio: si a la política no se le sataniza, entonces se le romantiza. Recuerdo esa frase de Brecht que dice que los que luchan toda la vida son los imprescindibles y me pregunto si se puede flexibilizar o, por lo menos, cuestionar. Tal vez como militantes de a pie por el cambio social nos han inculcado una lucha ciega en la que somos carne de cañón, lo cual es difícil de pronunciar, no vaya a ser que nos falte pasión o, peor aún, que nos hayamos convertido en esa contradicción hasta biológica.

La única certeza es que la política no va a desaparecer, aunque renunciemos a ella. La derrota es una característica que la acompaña y, ante ella, pareciera que retirarse es de valientes, porque claro, ¡como la política es de los malos! o, en otros tiempos, de los paganos, los buenos tienen que irse o mantenerse alejados para confirmar que lo son. Esto tiene muchos más matices en la realidad, pero me pregunto si cuando buscamos que personas dignas nos representen, algunos no habrán renunciado porque eran muy “buenos”.

Retirarse es una opción respetable y a veces necesaria. El sistema da suficientes incentivos para que quienes hacen política sin principios avancen aparentemente más rápido, el famoso “el que no transa no avanza”. A la política sin principios muy probablemente se le ve como un fin en sí mismo y no como un medio para concretar proyectos colectivos. ¿Qué pasaría si creamos proyectos colectivos que resistan las derrotas?

Hannah Arendt, en su obra Eichmann en Jerusalén, plantea que los nazis no eran malos, eran buenos burócratas; un argumento polémico, capaz de terminar con todo atisbo de esperanza. Ante esto, ¿qué hacemos con la política? Propongo buscar su humanidad hasta en los resquicios, como lo hizo Arendt con lo que nos señala enseguida: “en circunstancias de terror, la mayoría de la gente se doblegará, pero no todos […] (No doblegarse) es cuanto se necesita […] para que este lugar siga siendo apto para que lo habiten seres humanos”. En ese “pero no todos” resguardo mi esperanza en la política.

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