Carta a mi niña feminista

Monserrat Vázquez Rosales, filósofa, politóloga, activista @Monsshine

En cada ocasión que salimos a marchar por nuestros derechos o en contra de la violencia, se me llena el corazón de ver que cada vez más mujeres llevan a sus hijas, sobrinas, ahijadas y nietas; pequeñas con colorete en las mejillas, con pañuelos púrpuras y verdes en sus muñecas, marchando y sonriendo, llenándose de fortaleza en una marea de sororidad y compañerismo mientras se toman de las manos y luchan por un futuro más prometedor; más justo. Pero al mismo tiempo, me causa un gran pesar y tristeza que estas pequeñitas que apenas están iniciándose en la vida, que no deberían saber sobre la experiencia del dolor, la pérdida o el miedo, sostengan en sus pequeñas manos carteles con consignas que no caben en la lógica de nadie, quizás de nadie cuerdo, mensajes como “Las niñas no se violan”, “Quiero jugar y estudiar, no ser madre”, “No más niñas víctimas de feminicidios”. Debería horrorizarnos que las más pequeñas de nuestra generación tengan que salir a manifestarse ante ello. Por otro lado, y ya que se acerca el día mundial de la niña y el niño, me gustaría recuperar algunas reflexiones sobre la importancia de educarles con perspectiva feminista, en una suerte también de reconciliación y perdón hacia nosotras mismas.

Decía Chimamanda Ngozi Adichie que el feminismo empieza en la educación, pero esta afirmación toma gran relevancia cuando hablamos de niñas de nuestro hemisferio: niñas de color, del llamado “tercer mundo” y de realidades aparentemente subalternas donde la equidad de sexos, de clase o de derechos no existe. Hay diversos hilos conductores dentro del sistema de cuestionamiento que la corriente feminista ha elaborado a lo largo de los años, donde pretendemos que sea fácil identificar qué es el patriarcado, cómo nos oprime y cómo se manifiesta a través de sus diferentes estructuras y entre clases sociales, pero pareciera que aún no podemos subjvertir esto en términos prácticos del lenguaje que también derive en la problematización del feminismo; y lo más importante, cómo podemos llevar esto de forma funcional y depurada a la niñez en sus procesos de aprendizaje.

Yo personalmente no recuerdo la primera vez que me identifiqué feminista. Probablemente hay alguno que otro indicio sobre lo que percibía que estaba mal; comentarios de los demás sobre mi cuerpo, tocamientos en el transporte público, alguien que me seguía, alaridos procaces hacia mí sólo por caminar en la calle; en fin, ejemplos y situaciones que a todas nos han pasado, pero que también desde pequeñas aprendimos a vivir con ellos y prácticamente se volvió el comodín de y para todo, “¿por qué importa tanto que mi falda esté por debajo de la rodilla, qué diferencia tiene si la uso dos centímetros más arriba?”, le preguntaba llena de rabia a mi papá cuando le llamaban del colegio porque había sido suspendida. Y es que, desde niñas nos enseñaron que ocultarnos era seguro, que el decoro y la modestia son “virtudes” de las niñas “bien”, que un pedacito de tela es la diferencia entre una niña “decente” y una “vulgar”. Y así, con diversas situaciones y momentos determinados, nos enseñaron a avergonzarnos de nuestro propio cuerpo, de nuestras piernas, brazos, de nuestros estómagos y pies, de nuestro cabello y hasta de nuestros rostros, porque si nos atrevíamos a mostrarnos, a visibilizar nuestros cuerpos y cualidades, todo lo que sucediera después era nuestra culpa completamente. Pareciera que, a pesar de todo lo que hemos aprendido, de todo lo superado y alcanzado, aún estamos en deuda con esa niña que está dentro de nosotras. Esa niña que necesita tan desesperadamente que le pidan perdón, que la abracen y le digan que no fue su culpa lo que le pasó, que ella no sabía que había otras opciones y posibilidades, que hizo lo que pudo con el conocimiento que tenía en ese momento, y que su valor y dignidad como persona no se define por las palabras o las acciones de los demás. Y esto me preocupa sobremanera, porque puede representar una desventaja al momento de preparar a nuestras niñas y armarlas de feminismo, ¿cómo desaprender esas actitudes, cómo reconciliarnos con nosotras, cómo hablar desde el amor y la empatía para con nuestras pequeñas, y también para con nosotras mismas?

Necesitamos el feminismo pero no sólo lo necesitamos, hacer el feminismo es hacer la revolución y transformar nuestra cosmogonía y visión del mundo; es comprender que son posibles otras realidades, y aunque desaprender puede ser un proceso doloroso, la felicidad que viene después del duelo es tan gratificante como sanadora.

Decía la queridísima Simone de Beauvoir que la mujer es un ser definido por la sociedad, y la sociedad —que es el patriarcado— es creada por hombres en la que ellos ocupan el lugar de jerarquía. Ya hemos identificado lo que nos oprime, y entonces Simone continúa con un alarmante “no sabemos lo que es ser mujer”; porque la idea de ser mujer ha sido fabricada y manufacturada tal como la enseñaron nuestros padres, la escuela, las instituciones y el capitalismo.

Quizás y entonces, podemos partir de inventarnos a nosotras mismas, inventarnos como seríamos si el mundo nos perteneciera y enseñarles a nuestras niñas que el mundo sí les pertenece, que los roles de género son un solemne disparate, “porque eres una niña” no tiene ninguna lógica ni razón para hacer prohibiciones; que el bienestar de una mujer no debe basarse en la benevolencia masculina, que el enfado ante muchas situaciones le hará sentir sola, pero en el camino encontrará compañeras y mujeres que le acompañarán, le abrazarán y le enseñarán siempre desde el amor y la empatía; que debe prepararse porque a la sociedad odia a las mujeres poderosas, que el lenguaje que use para las demás pero sobretodo para sí misma es importante; que cuestione la idea de que las mujeres son delicadas y frágiles, que las mujeres no necesitamos ser defendidas o reverenciadas, sino simplemente ser tratadas como seres humanos; que el matrimonio no es un logro; que no existe la finalidad de ser “deseable”, que los privilegios y desigualdades existen y que siempre, siempre será digna de amor o admiración, y éstas no quedarán sujetas al aspecto que tiene o los errores que haya cometido.

A través de este proceso de aprendizaje para con ellas, muy probablemente encontraremos la paz y reconciliación con nosotras también.

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