El fantasma del cuidado

Melissa González Caamal
@MelissaCaamal

Nuestros temas se han volcado en la pandemia: a diario despertamos con gráficas preocupantes, con debates que duran semanas confrontando los mismos argumentos en los que se explica lo obvio y se da por sentado lo que no lo es. Prácticamente no hay disciplina que falte por analizar cómo la pandemia agudizará cierta problemática, que “de seguir así…” llegaremos, o si no es que ya estamos en los puntos más (pero ahora sí más) críticos. Parece que la mayoría de las áreas de la vida se enfrentan a obstáculos excepcionales y no queda más que adaptar e innovar soluciones; sin embargo, uno de los temas en los que no hay nada nuevo bajo el sol es la crisis de cuidados. Al decir “nada nuevo” no se niega la agudización de la problemática, sino a que la invisibilización es la misma, las recomendaciones ante la pandemia no han cambiado mucho; es la insistencia en el riesgo de no considerarla, pues, “de no ser así” las políticas que se propongan para subsanar la crisis no tocarán el fondo de la desigualdad que reproduce, como ya ocurría antes. A continuación, algunos conceptos introductorios —que no son obvios y más bien hay que recuperar de entre las telarañas— que nos ayudan a pensar la problemática y a incorporar la visión de la crisis de cuidados a cualquiera que sea nuestra área de estudio, impacto o preocupación.

Afortunadamente, la inclusión económica de las mujeres es un tema que comienza a cobrar relevancia, en general se llega a hablar de trabajo doméstico bajo los parámetros de “trabajo”, el cual es proclive a ser medible en los mismos términos, es decir, en horas; pero pocas veces se llega a la totalidad del concepto de cuidado. Lo anterior se debe a la dificultad de abordarlo desde un enfoque cuantitativo. Si bien las encuestas de uso de tiempo miden lo que se destina a las actividades no remuneradas incluyendo el cuidado, este presenta condiciones particulares.

Las autoras hablan de un “estado mental”, no solamente se trata de dejar un piso limpio en el que podemos ver el antes y el después, cuidar es una relación entre quien provee y quien recibe cuidados conformada por conversaciones, el estado de vigilia, el pensamiento ocupado en la gestión necesaria para satisfacer las necesidades de la otra persona, un conjunto de actividades que se hacen al mismo tiempo y que en ocasiones se conjugan con la jornada laboral. Se cuida de forma remunerada o (casi siempre) no remunerada, se cuida a infantes, personas adultas mayores, personas con discapacidad o a quienes, aunque pueden valerse por sí mismas, no realizan estas actividades para sí.

A estas alturas del texto espero que, como en la película de Sexto sentido, ahora tengamos el don (o maldición) de ver, como a los fantasmas, cuidados en todas partes: aquellos procesos que ocurren en la oscuridad y que preparan a quienes producen bienes y servicios remunerados para que hagan lo suyo y este mundo continúe su curso. Así, para exigir el llamado cuarto pilar del bienestar, en corresponsabilidad con el Estado, habrá que llamarlo derecho pues representa un piso mínimo para la igualdad de oportunidades.

¿Y si el cuidado es lo que sostiene a las sociedades, por qué ha quedado en las penumbras? Si bien hombres y mujeres cuidan, aún basándonos en encuestas de uso de tiempo que tienen retos a superar para estandarizar su metodología entre países y para incluir la complejidad del cuidado, estas coinciden en que recae mayormente en las mujeres. Su naturalización, arraigada en los estereotipos de género, en los que las mujeres somos inherentemente cuidadoras, es parte del problema, mismo origen de la división sexual del trabajo que asigna cierto tipo de actividades de acuerdo con el sexo. Se trata del patriarcado del salario, como le llama Silvia Federicci, quien explica cómo a partir del salario no sólo se remunera el trabajo reconocido, sino se afianzan acuerdos y formas de organización, teniendo a los hombres como representantes del capital y por tanto del Estado en lo privado (y luego nos preguntamos el porqué de la violencia doméstica, nos recuerda la autora). A partir de lo anterior se menosprecia lo no remunerado y con ello los cuidados, orillando a las mujeres y a los movimientos feministas a priorizar la lucha por la inclusión laboral desde este esquema y dejando un poco de lado la reivindicación de los cuidados.

Por un lado, en el marco de la desigualdad de género se individualizan los cuidados para desproveer a las familias —es decir a las mujeres—, lo cual produce que asuman los costos, especialmente en emergencias como esta, en las que son quienes “naturalmente” tienen que arreglárselas.  Por otro lado, según Joan Tronto, pese a que todas y todos cuidemos, desde una perspectiva interseccional, ya sea por opresiones de clase o raza en conjunto con el género, quienes gozan de la irresponsabilidad privilegiada pueden ser menos conscientes de estos cuidados ya que los tienen asegurados y cuentan con mayor margen para evadir ciertas responsabilidades y escoger aquellas de las que quieren hacerse cargo.

Dentro de este panorama de emergencia, si en quienes recaen desigualmente los cuidados —mujeres, personas en situación de pobreza, personas racializadas, migrantes, etc. —  son quienes sostienen a las sociedades, también son quienes sostienen sus crisis. Por tanto, contrario a lo que se cree o se ejecuta, sacrificar el presupuesto y las políticas públicas dirigidas a la colectivización de los cuidados es abandonar el primer eslabón de la desigualdad que reproduce los siguientes y agrava la crisis. Pongamos, entonces, a quienes ejercen los cuidados en el centro de las prioridades.

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