Todos los caminos de la maternidad llevan a la culpa: Análisis de la novela Casas Vacías de Brenda Navarro

Fernanda Elías Loyola es estudiante de Relaciones Internacionales y
Coordinadora de proyectos e investigadora de Transversal, Think Tank fer.eloyola@gmail.com // @Feerelias

Brenda Navarro es una autora mexicana, quien además de ser escritora es socióloga y economista feminista por la UNAM. Cuenta con un máster de Estudios de Género, Mujeres y Ciudadanía por la Universidad de Barcelona, pero actualmente reside en Madrid. Ha trabajado en ONGs relativas a derechos humanos y es fundadora del proyecto editorial #EnjambreLiterario, el cual busca las publicaciones de obras de mujeres. Su debut literario lo hizo precisamente con el libro a analizar: Casas Vacías. Dicho análisis será de manera libre, enfocándose en los recursos utilizados por la autora, una descripción de los personajes y de los temas abordados, la temporalidad y espacios físicos. Un análisis acompañado siempre de lo que me parece que Brenda quiso decir, así como mi interpretación personal y reflexión. Finalmente, mi opinión de la novela. 

Su obra gira entorno a la maternidad, el cual es el tema central. Habla de las madres, aquellas casas vacías que deben entregar sus vidas al servicio de otros; deben abandonar su ser completo para la supervivencia de los demás, y en su paso, ser etéreas, buenas e incorruptibles. No tienen capacidad de maldad, porque lo malvado no es alusivo a una mujer, y menos, a una madre. Ser madre parte del amor, los trabajos del cuidado parten de su cariño incansable. Ser madre es dejar de ser persona, para que otros sean. Y pobre de ti, madre, que quieras sentir enojo, dolor u odio, porque solo se te permite la culpa, y con reservas. Brenda nos arrebata de esta construcción y nos pone la realidad en nuestras caras con su libro, desmitificando todas estas percepciones que tenemos, des-romantizando el amor materno y humanizando a las madres al darles una voz interior hacia sus más oscuros rincones, regresándoles el poder de ser personas. 

Tenemos a dos narradoras, ambas sin nombre, lo cual no sé si lo decidió así a nivel de metáfora, es decir, el no darles nombre como pérdida de individualidad para ser referidas sólo como las madres de Leonel y Daniel o como esposas de Rafael y Fran. En ambas mujeres existe un conflicto constante entre el anhelo/aspiración del futuro y ser madre contra el despojo de esperanza al enfrentarse a la realidad. Pero cada una ejerce la maternidad de una manera muy distinta, porque parten desde percepciones opuestas: por un lado, para la madre de Daniel es una desgracia, un capricho terrible evocado por el engañoso amor, mientras que para la de Leonel, es un anhelo inherente al ser mujer, necesario para la realización femenina, incluso útil para la solución a los problemas maritales; sin embargo, ambas encuentran convergencia en la carga y culpa que esto conlleva. Por otro lado, la narración es en primera persona, con un diálogo interno constante, como si las lectoras fuéramos sus confidentes y ellas nos estuvieran invitando a esos rincones secretos de su mente y corazón, empero, no podría ser más distinto el tono en el que es narrado, pues son voces completamente independientes.

Para la madre de Daniel, Brenda utiliza los recursos de una cronología no lineal, ya que hay saltos del presente al pasado de manera constante, utilizando también técnicas de suspenso en las primeras líneas de un párrafo, al no decirte de manera inmediata a quién se refiere ni en qué temporalidad se encuentra, lo cual provoca un poco de ansiedad y ganas de continuar leyendo para descubrirlo. Curiosamente, el paso del tiempo se percibe a través del crecimiento de Nagore. Asimismo, en el diálogo interior, este personaje se realiza muchas preguntas a sí misma en búsqueda de respuestas que la conforten, así como la repetición de palabras y frases que le recuerdan que tiene que seguir viva, no por deseo propio, sino porque es su castigo frente a su descuido en la pérdida de su hijo. Es un personaje lleno de contradicciones y en una constante lucha interna, y para demostrarlo, Brenda utiliza frases paradójicas como el “No merecía a Daniel porque quise matarlo aún en el vientre. No me merecía a Daniel porque permití que naciera” o “Pido un día más a la vida y a la vez imploro uno menos”. Finalmente, utiliza intertextos para situarnos en un tiempo contemporáneo, con la alusión al Partido Popular de España, ETA y el asesinato de Miguel Ángel Blanco. 

La madre de Daniel es un personaje que pareciera estar al borde de la locura, en búsqueda constante del castigo, a través de la provocación para estar acompañada frente a la soledad sofocante. Ella percibe a la muerte –propia– como el único camino al despojo de su sufrimiento, y es por eso que le rehuye, porque ella no siente merecer dicha absolución. Por otro lado, su esposo Fran parece permanecer cuerdo frente a una situación desgarradora, y esa actitud abona a la desesperación de ella, pues se da cuenta que la maternidad es incomprensible para los hombres, quienes permanecen siempre distantes, ya sea por desapego, represión de sentimientos o simplemente por su paternidad ausente. Además, Fran actúa con una pulcritud que la molesta profundamente, porque la etérea y siempre-buena debería ser ella, no él. Fran, incluso antes de la desaparición de Daniel, mostraba una desatención profunda a su esposa, poniendo los deseos y bienestar de ella en segundo plano, al servicio de Nagore y de Daniel. Después de la desaparición, su relación se vuelve aún más fría, plagada de culpa propia y resentimiento a la otra persona, en la que no se permitían ni el reírse ni el desearse. 

Por otra parte, para la madre de Leonel hay un cambio de recursos: la cronología es un poco más lineal, aunque siguen ocurriendo brincos al pasado, sobretodo para narrar su historia de violencia familiar, lo cual me parece que es una divergencia importante entre ambas mujeres, ya que la madre de Daniel no habla mucho de sí misma en relación con sus padres, hermanos ni de su infancia, sino que se enfoca en su historia a partir de que conoce a Fran. En cambio, la madre de Leonel nos remite a su infancia y adolescencia, con relatos de dolor y violencias. Podemos ver la complejidad de la maternidad desde su propia experiencia con su madre y, a pesar de su relación escabrosa, su deseo inquebrantable de ser mamá, sin importar el cómo. El diálogo interior permanece, pero también existen otros diálogos entre ella y las personas que la rodean, como la relación de ella con su suegra y con su madre, las cuales están plagadas de violencia interiorizada; el lenguaje no solo cambia en un nivel denotativo, sino también hay un cambio en el lenguaje connotativo y en la percepción propia frente a la otredad blanca y adinerada. 

La madre de Leonel no solo se enfrenta a cuestiones de violencia a la mujer, el cual es el caso de la madre de Daniel, sino también de clasismo y racismo, por lo que debe ser analizado desde una perspectiva interseccional. El entorno en el que se desenvuelve ella es muy interesante, porque a partir de su descripción la autora realiza muchas denuncias sociales, tales como la discriminación por el color de piel y el clasismo de la sociedad mexicana, las cuales llevan a una movilidad social nula; hay tanto denuncias a las dobles y triples jornadas, al trabajo no remunerado que realiza y la violencia sexual intrafamiliar, como a la precarización del trabajo (a través de su hermano y Neto) y la necesidad de migrar, con los peligros que implica (peligro ejemplificado a través de un intertexto: la fosa con 72 cuerpos en un rancho en Tamaulipas). Las elecciones de Brenda Navarro al describir la relación entre ella y Rafael también son muy significativas, ya que se suele creer que la única causa por la que las mujeres se quedan atrapadas en círculos de violencia de pareja es por la dependencia económica; sin embargo, ella tiene más dinero que Rafael (lo mantiene), por lo que es independiente económicamente, pero dependiente emocional y socialmente, así como víctima de una relación asimétrica de fuerza física. Todo esto es un reflejo de que la solvencia económica no es suficiente; las relaciones maritales heterosexuales son mucho más complejas e implican otros tipos de poder menos tangibles. 

En cuanto a los espacios físicos donde se desarrollan las historias, hay tres lugares en los que se cruzan los caminos de las protagonistas: la fiesta de la amiga de Nagore, la cual es un punto clave en el desarrollo de la novela porque es la primera vez que la mamá de Leonel le pone sus ojos encima. En segundo lugar, la fiesta que le hacen a Daniel en su casa, donde ellas interactúan sin saber lo que les deparaba después y, en tercer lugar, el sitio más importante, el parque donde una perdió a un hijo y la otra lo ganó. Los otros espacios relevantes en la novela son la casa de la mamá de Leonel, con el patio donde entierra el recuerdo de su casi hijo; Utrera, donde habitaban los padres de Fran, y Barcelona, la ciudad donde se suscitó el asesinato de Amara, la madre de Nagore, lo cual me parece muy curioso porque en España no está tipificado el feminicidio. No sé si es una denuncia de la autora a dicho país por realizar sentencias como homicidio cuando claramente son por motivos de odio a las mujeres, o si es una mera coincidencia. Como sea, es muy relevante este suceso porque nos muestra no solo la culpa intergeneracional adjudicada a las madres (“Una madre es culpable del hijo asesino, la otra de la hija muerta […] ambas abuelas culpables de todos los llantos emitidos en esa sala”), sino también de aquellas víctimas invisibles de los feminicidios: la niñez que queda huérfana, lo cual representa Nagore.  

Otros temas y denuncias sociales actuales que Brenda Navarro aborda en Casas Vacías, además de los ya mencionados, son los siguientes: la ausencia del consentimiento sexual y la violencia que desemboca entre la mamá de Leonel y Rafael; el aborto y la estigmatización social que conlleva, así como la violencia institucional del sector de salud público hacia las mujeres; el acoso callejero y la reclusión de la mujer al espacio privado a través de tácticas de intimidación y miedo; la soledad e incomprensión que implica la maternidad debido a la sobrecarga emocional que se les impone (“¿Por qué siento tanto y por qué los demás no?); y, finalmente, algo fundamental y desgarrador, que son las desapariciones, la ausencia del gobierno y su sobre-burocratización, la apatía de las personas y la movilización obligada de las madres de los y las desaparecidas para obtener respuestas y buscar a sus hijxs por años, y el dolor innombrable que conlleva, y es que aún no han descubierto una conceptualización que transmita el dolor de unx hijx desaparecidx.   

El final de la novela es tan irónico como doloroso. Irónico porque la mujer que robó un hijo ahora vive el dolor que ella infringió, y termina con una casa vacía, al igual que la mamá de Daniel y que Nagore, pero esa casa vacía traspasa las edificaciones físicas, y se vuelve una metáfora para el mismo cuerpo de las mujeres. Por otro lado, doloroso porque a pesar de que la autora te da pistas de lo que ocurre con Leonel/Daniel, la incertidumbre persiste, sin querer aceptar el destino fatídico del niño, creyendo que sigue vagando por algún lugar, anhelando porque le hayan dado una segunda oportunidad de reencontrarse con alguna de las madres, pero sin respuestas definitivas porque no te muestra ni un cuerpo vivo a quién sonreírle ni un cadáver a quién llorarle, y creo que ese es el dolor que las desapariciones dejan: el vivir con certeza de nada cada segundo, el no poder abandonar la búsqueda por ese resquicio de esperanza que taladra la mente y hace pedazos el alma. 

Personalmente, esta novela me pareció extraordinaria y un reflejo vivo de nuestra sociedad contemporánea. Es increíble cómo Brenda escribe de una forma que te hace empatizar con alguien que le causó tanto dolor a otra persona, y lo hace sin juicios, sin enojo, sin condena. Al revés, te obliga a mirar la otra cara de la moneda, las circunstancias violentas que envuelven a la segunda protagonista (sí, protagonista, porque se percibe como tal, aunque en un principio podría parecernos antagónica). En cuanto a la primera, me llega mucho al corazón porque puedo resonar bastante con ella, pues sus miedos de la maternidad sempiterna son mis miedos; sus acciones, aunque muchas veces desagradables (por ejemplo, hacia Nagore), no las juzgo ni reprendo, pues es ella viviendo su duelo. Aquí los antagonistas no son ellas, sino el machismo, la precariedad, la violencia de género, la desigualdad social, la paternidad ausente, la maternidad sofocante, y la culpa inmovilizadora. 

Todos las líneas del libro, como reflejo de la vida misma, atrapan a las protagonistas entre la culpa de haber parido, de parir a un niño con autismo, de escoger a un niño con autismo, de no haber abortado, de pensar en el aborto como opción, de tener un aborto espontáneo, de sentir deseo a otro hombre, de querer compartir el amor con otra persona, de distraerse, de perder a un hijo en el hospital, de perder a un hijo en un parque, de perder a un hijo en su propia casa, de querer ser madre, de no querer ser madre, de ser víctima de violencia, de ser victimaria, de sentir dolor, de sentir enojo, de tener pensamientos malos, de reír, de respirar… de ser persona además de ser madre: pues todos los caminos de la maternidad, de un modo u otro, llevan siempre a la culpa.

Una respuesta a “Todos los caminos de la maternidad llevan a la culpa: Análisis de la novela Casas Vacías de Brenda Navarro”

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: