Todas las mujeres contra todas las violencias. Construyendo el futuro: las luchas feministas en América Latina

“Conocer, saber que hemos avanzado desde que la cosmovisión patriarcal ha sido cuestionada en su racionalidad, sentidos y fines es central”

Urania Ungo
Andrea Jocelyn Mora Mendez*

El siglo XX se caracterizó por una emergencia y aparición de ciertas luchas y de ciertos actores y actoras; mujeres, estudiantes y trabajadores se movilizaron por toda la región latinoamericana exigiendo derechos, denunciando violaciones y pidiendo por justicia. Estos grupos alcanzaron un gran protagonismo ya que encarnaban las tensiones sociales que se habían ido acumulando a través de años y también denunciaban las grandes violaciones a los derechos humanos que se cometían en sus países.

Después de las dictaduras cívico-militares que azotaron a casi todo el continente estos actores y actoras empezaron una mayor labor de lucha y denuncia que cimbró la estructura social.  Los movimientos de mujeres fueron muy visibles y muy activos social y políticamente, a lo largo de toda la región se formaron grupos, movimientos y organizaciones que pelearon por legislaciones más justas y por la creación de una política con perspectiva de género. Aún en las situaciones más adversas las mujeres continuaron resistiendo, combatiendo, luchando y exigiendo por sus derechos.

Y así como lo menciona Urania Ungo, para fines del siglo XX, “el movimiento feminista no hizo más que crecer, desarrollarse y expandirse” las mujeres empezaron por nombrar la invisibilización histórica que habían sufrido. Desde las primeras décadas del siglo XX, las mujeres empezaron exigiendo el derecho al voto y a ser votadas; en 1927 Uruguay fue el primer país latinoamericano donde la mujer votó por primera vez; esta ola se extendió al resto del continente en las décadas siguientes siendo Paraguay de los últimos países en lograrlo (1961).

Empero, las mujeres se dieron cuenta de que no bastaba con poder ejercer su derecho al voto, no bastaba con votar era pertinente que las mujeres también lograran ser electas en las elecciones y formar parte de las plantillas electorales; ya no sólo querían ser actoras políticas sino que también hablaban de cuotas electorales, de paridad de género en los congresos, de los espacios académicos, de la cultura patriarcal que imperaba en toda la vida social, ellas también retomaron el lema “lo personal es político” pues había que hablar acerca de esa violencia que radicaba en el seno del hogar y que se proyectaba también a lo público.

Su lucha impactó no sólo al interior de sus países, también logró concretarse en leyes, en acuerdos y en convenios internacionales como los de la ONU. Se organizaron redes continentales para discutir sobre el feminismo, por ejemplo, en 1981 en Bogotá tuvo lugar el Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, y también se crearon redes de intercambio intelectual de mujeres, se fundaron Centros de estudios para la mujer, y muchos países se comprometieron a garantizar una agenda con perspectiva de género y se comprometieron a garantizar ciertos derechos; las mujeres fueron tan activas, tan constantes y tan resilientes que lograron insertar su lucha a las agendas políticas latinoamericanas.

Ante este panorama es claro que este movimiento social y político trastocó la realidad y aún hoy, en pleno siglo XXI sigue generando debates, e incluso, reacciones positivas y negativas. Los movimientos feministas, como lo señala Ungo, “han cambiado algunas de las dimensiones fundamentales en que se configura el orden patriarcal”, las mujeres cuestionaron la realidad desde su posición femenina, cuestionaron los valores masculinos y se preguntaron el porque de su dominio. El orden patriarcal no sólo las había sumido en un estado de subordinación, sino que también las había violentado y el patriarcado era una de las causas de la violencia, que poco a poco se convirtió en otro de los pilares de la lucha feminista.

Las mujeres siguen luchando y el feminismo está construyéndose y reinventándose con el pasar de los años, y esta lucha parece renovarse ya que paralelamente al auge del movimiento y a la creación de convenios internacionales, la reacción patriarcal y la resistencia misógina crece. Hoy parece que en toda la región la violencia, abuso y discriminación de las mujeres no hace otra cosa que aumentar, no hay día que no se anuncie un nuevo feminicidio, una desaparición, un robo, una denuncia de alguna mujer golpeada, la violencia de género es hoy uno de los temas prioritarios en las agendas feministas.

Hoy más que nunca, las desigualdades se profundizan y las tensiones históricas se acrecientan, parece que la reacción ante esta movilización es la intensificación de la misoginia y los valores patriarcales. Hay una gran reacción patriarcal que tiembla ante este nuevo panorama social y político, hay una resistencia misógina que se niega a ceder espacios para las mujeres y se niega a perder el trono del dominio. Incluso las instituciones que en el papel se reconocen incluyentes y dadoras de derechos, en la práctica continúan restringiendo y limitando los espacios para las mujeres; de ahí que sea tan complicado asumir los compromisos internacionales y realizar las transformaciones pertinentes.

Dentro de la sociedad aún subyacen los valores patriarcales, aún persisten y echan sus raíces, en la práctica vivir el feminismo no es tan sencillo como sólo firmar acuerdos o compromisos, para que el feminismo y los postulados feministas se conviertan en una realidad palpable el cambio tiene que ser, más que discursivo y superficial, practico y hondo. Hoy los países de América Latina han firmado acuerdos y convenios para erradicar la violencia de género, se plantean compromisos que se esperan cumplir en 5, en 10 años, pero en la realidad, estos compromisos no se han concretizado y en algunos casos son completamente ignorados por los gobiernos, como sucedió en 1999 en Panamá.

Las luchas feministas no están lejos de acabarse pues aún no se han resuelto las agendas y, al contrario, cada vez son más los temas que hay que poner sobre la mesa y discutir, pero ello no quiere decir que estas movilizaciones del siglo XX no hayan tenido efectos, todo lo contrario, su efecto fue tal que generó reacciones que aún hoy se siguen peleando. El cambio se está construyendo, las luchas del ayer son el antecedente de las luchas de hoy, y aunque el panorama internacional parezca favorable en lo legal, el cambio más grande se debe dar en lo social porque el machismo y el sistema patriarcal esta enraizado en lo mental, en lo inconsciente y en lo simbólico.

Los movimientos feministas en América latina son una ola que sólo se hace más fuerte y que lejos de agotarse, se intensifican; en todos los rincones del continente se encuentran grupos de mujeres que están pelando y defendiendo su derecho a la vida, su derecho a la justicia y a la igualdad. En Chile los últimos meses evidenciaron como las niñas, las adolescentes, las jóvenes están peleando y denunciando un sistema neoliberal y patriarcal que las violenta; fueron las chilenas las que el año pasado tomaron las calles con la proclama de “Un violador en tu camino” en Argentina como en México, las mujeres se han apropiado del “Ni una menos” y lo han hecho una consigna de lucha y resistencia.

Las luchas son variadas y los feminismos son múltiples, porque la realidad es que no hay un solo feminismo hay muchos feminismos pues los lugares de enunciación son diferentes y las mujeres también los son. No todas se llaman feministas y esto no las hace más o menos feministas; solamente evidencia la variedad de realidades que se viven. En México, en Bolivia, en Ecuador, en Venezuela, en Perú, en Brasil, las mujeres indígenas están peleando no sólo contra el patriarcado, sino que también pelean contra el colonialismo, el racismo, el extractivismo, el neoliberalismo y todas las desigualdades a las que se enfrentan. Las mujeres indígenas, las mujeres afrodescendientes, las mujeres migrantes, las mujeres desplazadas, las mujeres de la periferia se enfrentan con otras problemáticas.

Es por ello que tenemos que hablar de luchas y de feminismos; no hay un solo camino; hay cientos de caminos, pero el punto de llegada es el mismo: la vida digna; el derecho a vivir sin miedo. Hoy las luchas feministas en América Latina son un ejemplo de lucha, de fortaleza, de valentía, de resistencia y de valor. Las calles, las instituciones y las tierras son nuestras, por el derecho a la vida y a la dignidad.

*Andrea es estudiante en la Lic. en Estudios Latinoamericanos en la UNAM andreajocelyn237@gmail.com

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