La deuda con las mujeres de las periferias

Monserrat Vázquez Rosales[1]

Pareciera que sólo nos divide la brecha que existe entre mujeres y hombres, nos ocupamos tanto en revisar y analizar el patriarcado, que a veces no notamos las brechas que también se encuentran entre nosotras mismas y mujeres de otras realidades. Pero además del profundo machismo de nuestra sociedad, también nos atraviesan las brechas de clase y de raza, estas circunstancias con las que millones de mujeres nacen y determinan su historia material, que las convierte en elementos fundamentales que deben estar presentes en cualquier análisis y teoría feminista. Una visión homogénea de la sociedad y de cambio social estudiada sin transversalidad e interseccionalidad termina reproduciendo las conductas de los sectores dominantes porque en la sociedad en su conjunto, las transformaciones si bien pueden ser inspiradas a través de una persona y sujeto, se llevan a cabo por la práctica social y los procesos de cambio llevados en conjunto. Nancy Fraser hablaba de la necesidad de no asumir como feminismo el que mujeres en posiciones de privilegio lleguen a puestos de poder dentro de la ya existente jerarquía social, pues precisamente lo que apremia es romper con estas estructuras de dominación del género y tener cuidado con lo que la retórica neoliberal dice sobre lo que es el “empoderamiento” femenino; que más bien corresponde a una nueva dinámica de hogares más endeudados, con más horas de trabajo y familias encabezadas por mujeres que trabajan dos, tres turnos bajo el “sueño de la emancipación”, pero que dentro de la dinámica actual terminan siendo el motor de acumulación de capital y explotación justificada.

Elaborar y participar del discurso hegemónico y formar mayorías sobre los derechos de las excluidas sin las excluidas, va muy lejos de cuestionar las propias tradiciones filosóficas y hasta el privilegio epistémico de la teoría “blanca” o anglosajona. Debemos comenzar a interpelarnos, a sentirnos verdaderamente incómodas con lo que concebimos como nuestra comosmovisión feminista y hacer crítica interna en los feminismos hegemónicos de occidente, así como formular estrategias que estén elaboradas a partir de las experiencias y la historia material de las mujeres; de su cultura y autonomía; de sus experiencias dentro del orden neoliberal y cuidar no caer en la retórica paternalista y aliada del capital, de la que Nancy nos previene. Debemos descolonizar nuestros feminismos.

La colonización como factor determinante para dominar un territorio, pueblo  o nación, como ejecutor de creación teórica, práctica social y política, se utiliza para explicar prácticamente cualquier proceso de la modernidad, desde las más arcaicas formas de actividad económica hasta la generalización de un discurso sobre lo que significa ser de la periferia o del “tercer mundo”. En cualquier caso, la colonización deviene de la relación de dominación estructural y predominantemente violenta de la heterogeneidad de los sujetos y por supuesto, de las mujeres y sus realidades y devenires históricos. Pudiera parecer que en esta cosmovisión yace la quimérica incapacidad de la posibilidad de alianzas entre feministas de occidente y las feministas de la clase trabajadora o de color, esencialmente por la diferencia en los temas prioritarios pues esto queda evidenciado al menos en el estado de los escritos académicos del feminismo occidental o de mujeres en posición de puestos de poder o privilegio y  las mujeres de las periferias; las que ven amenazados sus territorios por transnacionales extractivistas, las mujeres obreras, campesinas e indígenas sin seguridad social ni salarios dignos, las mujeres que se enfrentan al racismo, a la violencia policial y además, se enfrentan al patriarcado. Aunque abordan sujetos históricamente estudiados y en situación vulnerable, se “colonizan” las heterogeneidades antropológicas, sociológicas y epistémicas de las mujeres no blancas.

Homi Bhabha define al discurso colonial como “un aparato de poder que pone en marcha el reconocimiento y desautorización de diferencias raciales/culturales/históricas. Su función estratégica y predominante es la creación de un espacio para los pueblos-sujeto a través de la producción de conocimientos en términos de los cuales se ejerce vigilancia(…) y así, el discurso colonial busca la autorización de sus estrategias a través de la producción de conocimiento por parte de colonizados y colonizadores, conocimientos estereotipados, pero que son evaluados antitéticamente”.

Debido a la diversidad en los feminismos, a las diferencias culturales y de clase entre las mujeres y sus realidades, no existe un marco metodológico universal para estudiar nuestros procesos históricos contra el patriarcado y el capital; pero sí existen diversos contrapesos elaborados desde las filosofías del sur para emplazar reflexiones socioeconómicas, ideológicas y culturales, y entonces poder ubicar al feminismo occidental en su desafío de examinar su rol dentro de la dinámica global. De no hacer este ejercicio de análisis e introspección, correríamos el peligro de invisibilizar los efectos que las dinámicas de poder de las economías y las brechas de clase entre las mujeres de primer y tercer mundo, así como las acciones directas y consecuencias que afectan directamente a las mujeres en situación de desventaja dentro del orden predominante porque se están silenciando las experiencias de estas mujeres y sus devenires históricos, y caemos en la subjetividad y universalización del pensamiento epistémico aceptado o generalizado en occidente. Un ejemplo es el movimiento sufragista, que si bien representa un bastión dentro de la lucha histórica feminista, las mujeres negras aún luchaban por abolir su esclavitud. Diversos movimientos han sido reformistas y vanguardistas, pero no anticoloniales o anticapitalistas.

Comparto la inquietud de Breny Mendoza sobre la forma en que se puede articular el feminismo y el género en las nuevas epistemologías del sur, de manera que el dolor, el sufrimiento, las metas y los sueños de las mujeres se tomen en cuenta y sus conocimientos no queden en el olvido o peor, ignorados.

¿De qué manera podemos poner en sinergia las reflexiones de las mujeres de occidente y las mujeres del tercer mundo y las periferias? Creo que el punto de partida es la descolonización y ubicarse en esta interpelación, en desprenderse del paternalismo académico, las reflexiones desde las estructuras de poder y la reproducción de esquemas de orden hegemónico. Situarse en la crítica de la modernidad y la colonialidad es eje, y sirve como un excelente punto de partida. Si bien la idea de raza del pensamiento eurocéntrico que se utilizó para identificar, nombrar y clasificar las personas en las colonias significó un reordenamiento en las luchas de poder, de aquí derivaron el sexo, el género y la clase. Debemos recuperar la memoria histórica y dejar de plantear feminismos de “primera y de segunda”, porque lo universal también es una postura de colonización. El acceso a la información, al estudio del feminismo y al reconocimiento de un feminismo académico puede derivar en una arbitrariedad y pretensión universalista.

Cedamos espacios, abramos los brazos, pongamos atención y guardemos silencio. Las mujeres de la periferia resisten además, el patriarcado capitalista, neoliberal y colonial.


[1]Filósofa, politóloga y activista.

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