
«Las mujeres pertenecen a todos los lugares donde se toman decisiones». Ruth Bader Ginsburg
En la actualidad, no podemos imaginar una verdadera democracia sin la participación plena y representativa de las mujeres. Como dice un adagio feminista: “todas las mujeres, todos los derechos”. Por ello, los derechos políticos son el centro de un largo camino de aquellas heroínas anónimas que levantaron su voz y que se hicieron presentes en el espacio público para cuestionar y avanzar en la redistribución justa del poder.
El derecho a votar y ser votadas se consolida con el sufragio femenino el 17 de octubre de 1953 a través de las reformas constitucionales que otorgaron ciudadanía plena a las mexicanas. Por supuesto, la demanda de la participación política en espacios de toma de decisión ha cambiado vertiginosamente. En 2019, nuestra carta magna incorporó una nueva reforma que cambió el paradigma político al establecer la paridad de género en todos los niveles de gobierno.
Por todas las aristas posibles, la contribución de las mujeres al desarrollo por su participación en instituciones públicas es positivo. México es un escenario inédito en la historia que avanza en la agenda de igualdad, lo que es sinónimo tangible de justicia para el 51% de su población.
La política mexicana tiene rostro de mujer: la ministra Norma Lucía Piña Hernández, presidenta de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Marcela Guerra, presidenta de la Cámara de Diputados, Ana Lilia Rivera Rivera presidenta de la Cámara de Senadores, Guadalupe Taddei Zavala consejera presidenta del Instituto Nacional Electoral y las nueve gobernadoras, Delfina Gómez, Teresa Jiménez, Mara Lezama, Marú Campos, Indira Vizcaíno, Marina del Pilar Ávila, Layda Sansores, Evelyn Salgado y Lorena Cuéllar. Todas ellas y muchas otras son las representantes del poder en nuestro país.
Sin embargo, Marta Ferreyra, académica de la UNAM; afirma que el poder político está sujeto por patrones que provienen del propio orden patriarcal, por ello es necesario subvertir este orden milenario. Hemos avanzamos en el camino hacia la igualdad, un logro que nos regocija de alegría, pero, ahora el reto es lidiar con otro gran letargo: la violencia política.
Esta expresión de la violencia restringe y menoscaba lo derechos, al presentarse barreras que perpetuán estereotipos de género y acciones discriminatorias contra las mujeres. Asimismo, con esas acciones u omisiones se perpetúa una valoración que prioriza lo masculino sobre lo femenino. Por tanto, tenemos una asimetría de poder que restringe o dificulta el acceso y/o el ejercicio de las funciones políticas.
Aspirar y apropiarse de esos espacios es completamente legítimo toda vez, que es ahí donde se definen las políticas y el futuro de la sociedad. Desde el feminismo se reconoce ese capital transformador, sin olvidar bajo ninguna circunstancia las demandas propias de cada una de las mujeres.
El siguiente paso es confiar, creer y apoyar a esas mujeres que adoptan la agenda de igualdad como suya. Que en las diferencias y conflictos que puede existir en la arena política, se construyan una agenda que pondere la garantía de los derechos de las mujeres y las niñas, que construya instituciones desde la igualdad y sobretodo que lo violencia que se ve como “normal” ya no sea una realidad para muchas.
Es innegable la contribución de las mujeres en la construcción de este país. En este nuevo hito histórico las mujeres que en su momento llegaron como intrusas a la política, hoy son las verdaderas protagonistas de la transformación de un México más justos, pacíficos e incluyente.
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