
Hace unos días reflexionaba sobre tres nociones que con frecuencia aparecen en el debate público cuando se habla de ciertos grupos sociales: vulnerabilidad, invisibilidad e invisibilización. Aunque en el lenguaje cotidiano suelen emplearse como sinónimos, en realidad remiten a fenómenos distintos que ayudan a comprender cómo operan las desigualdades en nuestras sociedades.
En términos generales, la vulnerabilidad refiere a la exposición estructural a desventajas (Crawley & Teye 2024; Bonizzoni 2016). No se trata simplemente de una condición individual ni de una característica inherente a ciertas personas, sino del resultado de estructuras sociales, económicas y políticas que condicionan el acceso a recursos, derechos y oportunidades (Fraser 2009). Las personas en situación de vulnerabilidad enfrentan barreras sistemáticas para acceder a educación, salud, empleo digno, seguridad y demás derechos básicos. Estas desigualdades no surgen de manera espontánea, son producidas y reproducidas por instituciones, normas sociales y relaciones de poder que distribuyen de manera desigual los beneficios y las cargas dentro de la sociedad (Fernández y Faundes 2019; Molyneux 2010).
Por su parte, la invisibilidad se refiere a la ausencia de reconocimiento dentro de los marcos normativos y simbólicos que organizan la vida social. Un grupo invisible es aquel cuyas experiencias, necesidades y contribuciones no aparecen en las estadísticas, en las políticas públicas, en los espacios de representación ni en los relatos dominantes (Flores 2023). La invisibilidad no siempre implica necesariamente una intención explícita de excluir, pero sí produce efectos concretos: aquello que no se reconoce difícilmente se atiende (Fraser 2009; Rawls 2010). Cuando una población no es visible para el Estado, para el mercado o para la esfera pública, sus problemas tienden a permanecer fuera de las agendas de decisión (Flores 2026).
Y distinta, aunque relacionada, se encuentra la invisibilización, la cual implica un proceso activo y sistemático de exclusión, mediante el cual se busca deliberadamente que ciertas poblaciones NO SE VEAN. Invisibilizar implica borrar, minimizar o silenciar la presencia de determinados grupos, de sus aportes o de sus demandas. A diferencia de la invisibilidad —que puede surgir por omisión o negligencia—, la invisibilización implica acciones concretas orientadas a que determinadas personas o colectivos no se escuchen ni se reconozcan como sujetos legítimos en el espacio público.
Estas tres nociones permiten comprender mejor la posición histórica que han ocupado las mujeres en múltiples contextos sociales. Como grupo sumamente heterogéneo, las mujeres han estado y,lamentablemente en muchos casos continúan estando, atravesadas simultáneamente por condiciones de vulnerabilidad, invisibilidad e invisibilización.
En primer lugar, las mujeres se mantienen insertas en estructuras de desigualdad de género que limitan su acceso pleno a derechos y oportunidades. Estas desigualdades se manifiestan en múltiples ámbitos. De acuerdo con estimaciones recientes de Naciones Unidas (2026), las mujeres cuentan en promedio con apenas el 64% de los derechos legales que disfrutan los hombres a nivel mundial. Este dato evidencia que, incluso en pleno siglo XXI, la igualdad formal y sustantiva sigue siendo una meta pendiente en numerosos países.
Sin embargo, las desigualdades de género no afectan a todas las mujeres de la misma manera. Las experiencias de las mujeres se encuentran atravesadas por otros ejes de diferenciación social, como la clase, la raza, la etnia, la condición migratoria, entre otros. Los cuales producen formas interseccionales de desigualdad (Crenshaw 1989). En consecuencia, algunas mujeres enfrentan barreras mucho más profundas que otras. Las mujeres indígenas, las mujeres migrantes, las mujeres racializadas o aquellas que viven en condiciones de pobreza suelen experimentar mayores niveles de exclusión y menor acceso a mecanismos de protección institucional (Fernández y Faundes 2019).
Bajo este panorama, la invisibilización ha operado históricamente como un mecanismo poderoso de exclusión. Durante largos periodos, las voces, experiencias y aportes de las mujeres fueron sistemáticamente omitidos de los relatos oficiales, de la producción de conocimiento y de la toma de decisiones públicas(Flores 2026). La ausencia de mujeres en los espacios de poder no fue un accidente histórico, sino el resultado de estructuras sociales que normalizaron su exclusión y naturalizaron su subordinación (Molyneux 2010; Fraser 2009). Uno de los ejemplos más evidentes de esta invisibilización se encuentra en el trabajo doméstico no remunerado. A pesar de ser fundamental para la reproducción de la vida social y económica, este trabajo ha sido históricamente subvalorado e ignorado por las estadísticas económicas tradicionales. Y si bien se ha avanzado en su reconocimiento, las tareas de cuidado, que incluyen la crianza, la atención a personas enfermas o mayores, así como el mantenimiento cotidiano del hogar, continúan recayendo de manera desproporcionada sobre las mujeres (Naciones Unidas 2026).
Diversos estudios (Pautassi 2018; Rodríguez 2015; Molyneux 2010) han demostrado que esta distribución desigual del trabajo genera lo que se conoce como doble o triple jornada laboral. Muchas mujeres participan en el mercado laboral remunerado y, al mismo tiempo, asumen la mayor parte de las responsabilidades domésticas y de cuidado. Esta carga adicional limita sus oportunidades de desarrollo profesional, reduce su autonomía económica y profundiza las brechas de género existentes (Arroyo y De los Santos 2023; Lugones 2014) .
La persistencia de estas desigualdades revela que las relaciones de poder que estructuran nuestras sociedades siguen reproduciendo asimetrías profundas entre mujeres y hombres. En este sentido, la consigna feminista de que “lo personal es político” sigue completamente vigente. Aquello que ocurre en el ámbito doméstico, como la distribución del tiempo a las responsabilidades de cuidado, la organización de las tareas del hogar, la crianza de las hijas e hijos o las dinámicas familiares, no son una cuestión meramente privada, sino una manifestación concreta de relaciones sociales y estructuras más amplias.
Por ello, reflexionar sobre vulnerabilidad, invisibilidad e invisibilización no es un ejercicio meramente conceptual. Se trata de categorías analíticas que permiten comprender cómo se producen y reproducen las desigualdades, así como identificar los mecanismos que perpetúan la exclusión de determinados grupos, como el de las mujeres, que constituyen más de la mitad de la población mundial.
En el marco del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, estas reflexiones invitan a visibilizar todo aquello que históricamente ha sido negado. Implica reconocer las múltiples formas en que las mujeres han contribuido y continúan contribuyendo a la vida social, económica, cultural y política. Y ser conscientes deque los avances alcanzados en materia de igualdad de género son el resultado de décadas de lucha colectiva, al tiempo que aún persisten importantes desafíos por enfrentar. Por ello, más allá de la conmemoración puntual del 8M, el llamado es a mantener una reflexión constante y permanente. Porque hacer visibles las desigualdades también es una forma de transformarlas.
Referencias
Arroyo, M. C., & de los Santos, P. V. (2023). Cuidado infantil vs cuidado en la vejez: presencias y ausencias en la política de cuidados en México. Reflexiones, 102(2), 1-25. https://doi.org/10.15517/rr.v102i2.48695
Bonizzoni, P. (2016). The shifting boundaries of (un)documentedness: a gendered understanding of migrants’ employment-based legalization pathways in Italy. Ethnic and Racial Studies. pp. 1643-1662. https://doi.org/10.1080/01419870.2016.1229488
Crawley, H. & Teye, J. (2024). The Palgrave Handbook of South–South Migration and Inequality. PalgraveMacmillan. https://doi.org/10.1007/978-3-031-39814-8_8
Crenshaw, K. (1989). Demarginalizing the intersection of race and sex: A Black feminist critique of antidiscrimination doctrine, feminist theory and antiracist politics. University of Chicago Legal Forum, 1989(1), 139–167.
Fernández, S. y Faundes, J. (2019). Emergencia de las mujeres indígenas en América Latina. Debates sobre género, etnicidad e identidad cultural. En Mujeres indígenas en América Latina (pp. 53–96). Santiago de Chile: CEPAL.
Flores, D. (2023). Representación política: un análisis de su compatibilidad con los fundamentos democráticos y su relación con el voto como mecanismo de garantía de representación ciudadana. Enfoques de la Comunicación, (10), 430–450. https://revista.consejodecomunicacion.gob.ec/index.php/rec/article/view/144
Fraser, N. (2009). El feminismo, el capitalismo y la astucia de la historia. En Fortunas del Feminismo (pp. 87–104). Madrid, España: Traficantes de Sueños.
Lugones, M. (2014). Rumbo a un feminismo descolonial. Revista Estudos Feministas, 22(3), 935–952.
Molyneux, M. (2010). Justicia de género, ciudadanía y diferencia en América Latina. En Ciudadanía y políticas sociales en el siglo XXI (pp. 181–211). Buenos Aires, Argentina: CLACSO.
Pautassi, C. (2018). En cuidado como derecho. Un camino virtuoso, un desafío inmediato. Revista De La Facultad De Derecho De México, 68(272-2), 717–742. https://doi.org/10.22201/fder.24488933e.2018.272-2.67588
Rodríguez, C. (2015). Economía feminista y economía del cuidado. Aportes para el estudio de la desigualdad. Revista Nueva Sociedad, núm. 256, marzo-abril. https://www.nuso.org/articulo/economia-feminista-y-economia-del-cuidado-aportes-conceptuales-para-el-estudio-de-la-desigualdad/
Naciones Unidas (2026). Why women and girls are still not equal under the law.https://www.linkedin.com/pulse/why-women-girls-still-equal-under-law-united-nations-xd4qc/
Rawls, J. (2010). Teoría de la justicia. Ciudad de México, México: Fondo de Cultura Económica.
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