
Miriam Reyes Grajales es publirrelacionista y Maestra en Políticas Públicas y Género
Twitter: @MiriaamRs_
Facebook: Miriam Reyes
Hace algunos años comencé a preguntarme las razones por las cuáles miles y miles de mujeres se han ido asumiendo como feministas y/o se han manifestado de alguna manera en contra de los contextos de desventaja en los que nos desarrollamos diariamente. A la fecha en que escribo esta publicación, continúo pensando en que cada una tuvimos que pasar por alguna circunstancia que, afortunadamente, no solo nos ha hecho abrir los ojos sino también nos ha llenado de valentía para alzar la voz.
Decidí reflexionar en torno a las condiciones diarias en las que vivimos todas; es cierto que las rutinas y los estilos de vida se encuentran en constante evolución, sin embargo, es necesario que asumamos que la mayoría de nosotras hemos pasado por, al menos, alguna situación que nos ha puesto en riesgo, nos ha dañado o que nos ha hecho sentir incómodas por el hecho de ser mujer y de lo que ello representa en nuestra comunidad.
¿A qué me refiero con esto? Por ejemplo, sabemos y tenemos muy presente que nuestra realidad requiere de más esfuerzos que la de los hombres; a las mujeres, desde muy temprana edad, se nos enseña que debemos cuidarnos, pero no de lo que pueda hacer la sociedad en general, sino precisamente de lo que puedan hacernos los hombres. Se nos dice que no debemos enojarnos, pelear o discutir porque las niñas debemos estar calladas, sonrientes y complacientes. Se nos dice y repite que “nos tenemos que portar bien” aunque ello implique no divertirse, no reír, no saltar, no bailar, entre otras cuestiones. Pero… ¿por qué los hombres sí pueden?
Las mujeres hemos aprendido, a través de múltiples escenarios, a comportarnos de cierta manera y, evidentemente, eso ha conllevado a actuar en virtud de cómo viven y se relacionan los hombres como comentaba en el párrafo anterior. Las mujeres debemos delimitar nuestras conductas para que logren encajar en la libertad plena de los hombres y, por lo tanto, abonemos a construir, fortalecer o simplemente mantener un sistema en el que los hombres puedan actuar, incluso, en un marco de violencia, acoso, machismo, misoginia, etc.
Me atrevo a decir que muchas de nosotras sabemos lo que significa:
- Tener que escoger la acera por la que tenemos que caminar para evitar el acoso callejero.
- Avocarnos a disimular que no ha pasado nada cuando un hombre mayor nos mira inapropiadamente porque “le debemos respeto”.
- Únicamente voltearnos hacia otro lado cuando nos damos cuenta que desde el autobús que está junto a nosotras en el semáforo nos están viendo las piernas.
- Dejar pasar un chiste sexista que nos hizo sentir incómodas o, incluso, avergonzadas, para evitar que nos tachen de ridículas, locas, amargadas o enojonas.
- No enojarnos con quienes nos han acosado verbalmente y solo continuar la plática, esperando que no nos sigan atacando con más insultos.
- No saber de qué manera poner un alto a quienes nos hacen comentarios, nos miran inapropiadamente o nos tocan alguna parte del cuerpo sin nuestro consentimiento.
Aprendemos a reaccionar con el paso del tiempo. Observando el quehacer de las demás mujeres como nuestras mamás, tías, primas, maestras, amigas, etc. No sabemos cómo ni en qué momento llegamos a aprender este tipo de lecciones, pero durante toda nuestra vida nos hemos comportado así para mantener el orden social, nuestro estatus y la “buena apariencia”.
¿En verdad no nos enseñaron a poner límites? ¿En ningún momento nos dijeron que decir “no” también es parte de vivir libremente y en paz? ¿Quién dijo que los hombres tenían el derecho de ponernos en riesgo y hacernos daño? ¿A las mujeres se nos fomenta una cultura similar? ¿Por qué ellos comienzan a actuar así, continúan haciéndolo y aún así no hay represalias? ¿Seguiremos permitiendo una sociedad tan desigual e injusta para las mujeres?
Creo que muchas de dichas respuestas yacen del núcleo familiar y, en una gran parte, de las relaciones de amistad, es decir, alimentando y consolidando el pacto patriarcal. Y es que justamente esta complicidad ha sido la responsable de que estas conductas se sigan replicando a través de generaciones y ataquen en diversos ámbitos. Me pregunto… ¿no ha sido suficiente la carga emocional que nos han impuesto por tan solo provocar diversión entre ellos?
Es muy curioso que en la actualidad los hombres sigan negando que existen estas desigualdades y que, además, sus consecuencias tienen un grado de afectación a largo plazo. Les parece exagerado; hasta cierto punto, las mujeres somos unas exageradas y “no aguantamos nada” pero… ¿por qué tendríamos que aguantar? ¿Ese el costo de haber nacido mujer? ¿En qué momento se impuso esa condición política-social?
En este punto reflexivo me parece muy importante resaltar una teoría: para que las mujeres podamos reaccionar e inhibir esta ola de agresiones arbitrarias es necesario que lo hablemos entre nosotras; que reconozcamos que nos desarrollamos en entornos que atentan contra nuestra autonomía; que escuchemos a las mujeres que nos rodean y logremos identificar estos sesgos; que defendamos y hagamos crecer nuestras redes de apoyo. Si no se habla de ello… ¿cómo podremos ponerle fin?
La creación de espacios sororos de intercambio de experiencias juega un papel fundamental en la materia. Muchas veces no encontramos la oportunidad o un círculo de confianza para expresarnos y escuchar a quienes nos rodean, lo cual debería ser una práctica frecuente entre nosotras para estar conscientes de lo que sucede, pero, sobre todo, que no es un asunto personal, sino político; por lo tanto, nuestro deber es actuar por una y por todas.
A modo de cierre, retomo el título de este texto: “¿Y si nos detenemos a pensar en nuestra realidad?” porque adaptarnos a una sociedad machista ha sido un proceso que se nos ha heredado generación tras generación, cuya erradicación depende únicamente de quienes tengamos la plena convicción de sumar en esta causa, pero para que eso suceda, es imprescindible que nos sentemos a observar nuestros entornos. A las mujeres no nos tocó vivir en estas circunstancias; las circunstancias las han ido moldeando para que nosotras nos tengamos que conformar con ellas. Por fortuna, somos cada vez más conscientes de sus implicaciones y las distintas maneras de actuar; este movimiento seguirá avanzando, sumando voces y comprobando que: “juntas somos más fuertes”.
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